Una historia de armonía.
En el imenso océano de sabiduría humana, todos comprendemos sin que nadie nos lo haya explicado, que la música puede inducir estados de ánimo y respuestas complejas en nuestro organismo. La música no entiende de cultura o de idioma, todos comprendemos su lenguaje y en los cuerpos de todos nosotros produce respuestas fisiológicas. Con la biología actual tan materialista y reduccionista de los procesos naturales, parece difícil de explicar el sentido de esta conexión. ¿Qué hay detrás del poder que tiene la música en nuestro mundo?
En 1986 el biólogo molecular Susumu Ohno (1928 – 2000) casado con una cantante lírica, estudió la relación entre el código genético de la molécula de ADN y la música. El Dr. Ohno, padre de la duplicación genética como fuente de innovación en los genomas de los seres vivos, se dio cuenta de la cantidad enorme de repeticiones que se encuentran en nuestro genoma. Aplicando una concordancia entre los cuatro nucleótidos del ADN (Guanina, Timina, Citosina y Adenina) con las notas La, Do, Sol, Re, consiguió crear piezas musicales únicas.
Pieza musical basada en la secuencia de la región variable de la cadena pesada (VH) de la inmunoglobulina gamma (IgG) de ratón, con especificidad anti-4-hidroxi-3-nitrofenilacetilo (NPb). El intérprete es Yonatan Cohen. Música de Susumu Ohno.
Esta increíble conexión va más allá de una coincidencia azarosa, el Dr. Leonard Horowitz en su libro “DNA: Pirates of the Sacred Spiral” propone que la función principal del ADN no reside en la síntesis de proteínas (menos del 3%) sino en la recepción y transmisión de energía electromagnética (más del 90%), funcionando en el ámbito de la señalización bioeléctrica (luz) y bioacústica (sonido).
Todos conocemos la otra definición del ADN que encuadra en lo que se denominó “dogma central de la biología” en la que éste servía única y exclusivamente para la síntesis de proteínas llegando a denominarse el resto de material genético, más de un 97%, como basura en todos los libros de texto, durante muchos años. La visión determinista del material genético un gen – una proteína se desmorona lentamente. Hoy en día, sabemos que la mayoría de la información que nos codifica se expresa en forma de ARN y no como proteínas y que más allá de los productos materiales, la molécula de ADN podría funcionar como un toroide electromagnético.
La estructura cristalina y las largas cadenas del ADN lo convierten en un sistema apto para la transmisión y recepción de ondas electromagnéticas débiles, generando campos modulados por la propia molécula. Esta teoría del Dr. Piotr Gariaev de la Academia rusa de Ciencias Naturales, propone que el genoma contiene una parte molecular, que se dedica a la traducción de proteínas y la transcripción del ARN, y una parte ondulatoria.
Más allá de su expresión en biomoléculas, el ADN podría emitir y recibir información de los denominados campos mórficos propuestos por el biólogo el Dr. Rupert Sheldrake, que atendiendo a la teoría de campos de la física, serían regiones inmateriales de influencia sobre la materia que guardan todo tipo de datos sobre moléculas, células, tejidos, seres vivos, ecosistemas y el propio universo, organizándose en holones interconectados que supondrían una biblioteca entera sobre todo lo que conocemos y cómo funciona.
También se ha propuesto, basándose en los trabajos del neurobiólogo Karl Pribram, que este campo tiene las características de un holograma. La noción de holograma apareció en física cuando se descubrieron figuras luminosas transmitidas por un objeto iluminado y estas figuras fueron grabadas en un film fotográfico. No son imágenes directas de un objeto, sino gráficos u hologramas producidos por interferencias con fuentes luminosas.
De igual manera, se ha descubierto que las ondas sonoras tienen masa y la capacidad de mover materia y pueden visualizarse capturándose en una fotografía. A esta técnica se la denomina cimática.

En 1967, el médico suizo Hans Jenny, seguidor de las doctrinas antroposóficas de Rudolf Steiner, publicó el primero de dos volúmenes titulado Kymatic, inspirándose en las experiencias de Ernst Chladni un músico y físico alemán del s XVIII. La imagen representa los patrones vibratorios a diferentes frecuencias. Wikimedia Commons CC.
Recientemente, se ha publicado que las ondas sonoras transportan masa gravitacional y son capaces de generar su propio campo. ¡Alucinante! (Fuente).
En este intercambio de información bioacústica la música puede inducir estados de ánimo y respuestas fisiológicas como la modulación del sistema cardiovascular (alterando el ritmo cardíaco y la presión arterial), la regulación hormonal (reduciendo el estrés y la ansiedad al disminuir el cortisol y aumentar la producción de endorfinas y oxitocina) y la estimulación de áreas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención y la plasticidad neuronal (Fuente).
Curiosamente, las áreas cerebrales que se activan con la música se solapan con las dedicadas al lenguaje. Es una forma de comunicación vibratoria que somos capaces de descifrar y, por lo tanto, también podemos crear nuestras propias melodías. ¡Maravilloso!
Sin embargo, algunos autores como el historiador de la música y medicina James Kennaway, proponen que utilizando esta capacidad que tiene la música de inducir estados de ánimo y al ser una forma de comunicación muy profunda en nuestro ser, puede utilizarse para insertar ideas y conductas dañinas. En su libro “Bad Vibrations: The History of the Idea of Music as a Cause of Disease” habla de mensajes subliminales, pánico, lavado de cerebro musical, que podría conducir a la violencia y a conductas autodestructivas como el suicidio.
La música también se ha relacionado con la salud, de ahí el concepto de musicoterapia que tiene su origen en la antigüedad. Además, según las culturas ancestrales, la música es la conexión con lo trascendental, con el mundo etéreo, con aquello que no vemos pero sabemos que existe. ¡Qué razón tenían nuestros antepasados, sin saber nada de la física de campos moderna! Como diría Sheldrake, es un campo mórfico de sabiduría ancestral, que utilizamos de forma inconsciente, lo que nos llevaría al famoso concepto de inconsciente colectivo de Carl Jung (1875 – 1961), según él, una capa profunda de la psique humana que contiene patrones universales o arquetipos compartidos por toda la humanidad.
Si todo esto nos parecía extraordinario, os cuento que el biólogo Michael Levin ha descubierto que los patrones de regeneración y desarrollo embrionario de los seres vivos no dependen directamente de la información contenida en el ADN, sino de señales bioeléctricas que dirigen la formación y regeneración en los seres vivos, siendo éstas las que indican que se exprese o no el ADN, por lo que éste, por sí mismo, no tendría funcionalidad sin la bioelectricidad celular (Fuente). Tanto es así, que se ha llamado bioelectroma, a la red eléctrica que modula los patrones de nuestro organismo y cómo nuestras células se comunican entre sí.
Dado que la música nos llega a través del oído, es necesario explicar brevemente algo sobre la fisiología de la audición.
Las ondas sonoras nos llegan al oído incidiendo sobre el tímpano, que mueve la cadena de huesecillos, martillo, yunque y estribo en el oído medio que, a través de la ventana oval, mueven el líquido que baña el interior de la cóclea en el oído interno, donde se encuentran las células sensoriales, el llamado órgano de Corti, que transforma el estímulo mecánico en potenciales eléctricos, el único lenguaje que el cerebro entiende. Estos potenciales eléctricos, llamados potenciales de acción, pasan por varias estructuras hasta llegar a la corteza auditiva primaria en el lóbulo temporal. Los potenciales de acción son todos iguales, provengan de la piel, de la retina del ojo o de las papilas gustativas de la lengua. Por eso, la interpretación de esos sonidos es una función central del cerebro. Esto hace que ni los colores, ni los sonidos, ni los gustos, ni los olores, ni el frío o el calor en el tacto existan en la naturaleza, sino que son producto de la acción cerebral (Fuente). ¡Increíble!
Lo que nos lleva a concluir que el verdadero lenguaje de la naturaleza no es el ADN sino la bioelectricidad, que tiene la capacidad de almacenarse en forma de información compleja en nuestro universo utilizando la molécula de ADN como antena emisora y receptora con capacidad de ser utilizada para la síntesis de moléculas. ¡Cada vez es todo más bello! La vida en un universo en armonía.
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Interesante y precioso a la vez, y más en lo que respecta a las funciones del ADN, teniendo en cuenta el creciente conocimiento de la física cuántica y lo que hay tras la muerte biológica.
GRACIAS Almudena!!
Es increible, como somos tan complejos y tan perfectos! Esa “harmonia” necesaria para el bienestar, presente diariamente pero tan ingnorada. Muchas gracias por compartir!
«Si quieres encontrar los secretos del universo, piensa en términos de energía, frecuencia y vibración» Nikola Tesla
Gracias Almudena por la integración del montón de conocimientos que vas des-tapando y des-cubriendo, es una delicia la sabiduría que destilas y leerlo en sus partes como un todo… que sigue creciendo.
Voy a volver a saborearlo de nuevo. Namasté
La MÚSICA de NUESTRO CUERPO
Lo que significa que de lo sano emerge o se encuentra sonando en nuestro cuerpo una música armoniosa que no cesa, la cual es acción (y movimiento) e identidad de nuestro ser. De ahí que, como sintetizaron y acuñaron los griegos en la Paideia, “lo sano produce lo mejor, siendo lo mejor la expresión de la bondad, de la verdad y de la belleza”. “Bondad”, en la comunidad que somos cada uno por nuestra pertenencia (a nuestro ser y a nuestro grupo); “verdad”, en la luminosa claridad de lo que somos y de lo que dice de nosotros mismos nuestra retórica, esa clarificación de las cosas; y “belleza”, en la manifestación entrañable de nuestra figura sentida, admirada y percibida por el ámbito de nuestros vínculos y pertenencias. Es este un estado de salud interno que se entrelaza y sintoniza con el sonido externo de las cosas del mundo y del ambiente natural en el que vivimos. Con lo que en el sonar de estos dos polos encontrados (de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro o desde nuestro cuerpo a su entorno y, a la inversa, desde ese entorno hacia nuestro cuerpo), ligados e imbricados, no es extraño que surjan las identidades propias y específicas en la vida de los seres que somos, cada cual en su naturaleza (como hombres, animales o plantas). Tal es nuestra nobleza, cada cual en la fidelidad su propio ser, como definiera el Dante. Por eso, cuando hay armonía entre los sonios de fuera (nuestro ambiente) y los sonidos de dentro (nuestro cuerpo), todo suena en músicas diversas: que nos hacen y reflejan nuestro bien; que nos son claras, pues nos transparentan sin doblez y con autenticidad inefable; y hermosas, con el estremecido sentimiento que la sintonía hermana. Tal fue el mundo primigenio de la antigüedad; el mundo primordial que existió de forma permanente y sin cambios (eso es lo que significa para mí “antiguo”) y durante muchos días, que no era necesario contar o que cada cual lo hacía a su manera. Antes de que lo estropearan todo aquellos (y todavía estos de hoy), de inquietante memoria, que dejaron de sentir, saber y vivir los dones de esta música maravillosa, pese a que todavía suena y no dejará de hacerlo. Así que si la música que sentimos no es otra cosa que la armonía del movimiento entre lo de dentro y lo de fuera (un todo uno), no sé qué otra cosa podría ser. Esa es la razón de que cada familia étnica, cada pueblo y cada tierra tengan su canto, su lengua y su cultura.
Muchas gracias, Aludena Zaragoza, por tu artículo.
¡Guau! Gracias por este comentario.
Almudena, Muy interesante y mas mas de lo mismo.
Asumo Cemern, Jimez Huertas es ademas de linguista reconocida , conocida i.e, ver link (aun no censurado ,,, ) por si alguien tiene interes.
https://superocho.org/watch/lyu1PsT4IOIf3Cq